
En Ciudad Lona, Phoenix, el Corán fue sustituido por la Biblia. No hay musulmanes, sino cientos de indocumentados mexicanos encarcelados en condiciones extremas por faltas tan insignificantes como violar el reglamento de tránsito. En este centro de detención los monos naranja se cambiaron por uniformes a rayas Foto: Especial.
Dos palabras difíciles de olvidar: hay cupo. El letrero de neón parpadea para que todos —tanto adentro como afuera de la prisión—puedan leerlo claramente de día y de noche, a través y por encima de las rejas, el alambre de púas, las cercas electrificadas y los muros custodiados por guardias armados con rifles, gas pimienta y lentes de sol Ray-Ban polarizados.
“Hay cupo”, dice mecánicamente en letras color rosa. “Hay cupo”, repite eléctricamente en verano, cuando el termómetro marca 50 grados centígrados y hay insectos que se arrastran y muerden, y los presos dicen que esto se parece a Guantánamo, pero con la Biblia en vez del Corán y los musulmanes, y uniformes a rayas en vez de monos naranjas.
“Hay cupo”, refrenda el letrero de neón en invierno, cuando la temperatura puede bajar a menos cinco grados y los perros guardianes ladran, y a veces hay aguanieve en las camas y la gente sólo lleva en sus pies sandalias de baño y esto se asemeja más que a una cárcel a un gulag siberiano.
Pero aquí se habla español.
Se le podría definir, en realidad, como un siniestro letrero de bienvenida a lo más cercano que hay de un campo de concentración para mexicanos, una prisión desértica ubicada en la frontera donde terminan los derechos humanos y comienza el abuso.
Le conocen como Ciudad Lona, un campamento de tiendas de campaña en las afueras de Phoenix, en el que hace 10 meses casi 300 mexicanos indocumentados permanecen detenidos en condiciones extremadamente estrictas, a la espera de ser deportados por haber violentado las leyes migratorias de Estados Unidos.
Es la visión de un hombre hecha realidad. La idea de un policía local sobre cómo —y qué tan duro— debería Estados Unidos encarar el problema de la migración ilegal. Esta es la prisión modelo de Joe Arpaio, autodefinido como el “sheriff más duro de Estados Unidos”, jefe del Departamento de Policía del condado de Maricopa, en Arizona.
“El letrero dice que hay cupo porque el sheriff dice que todos los que quieran romper la ley serán más que bienvenidos aquí”, dice H. Ortiz, uno de los policías encargados de vigilar el complejo penitenciario, al que MILENIO tuvo acceso.
— ¿No es demasiado duro para los prisioneros tener que estar en pleno desierto en tiendas de campaña?
— Para ellos es un privilegio estar al aire libre. Al menos aquí no están entre cuatro paredes.
Privilegio o no, en pleno invierno se les retiran los zapatos para evitar suicidios con las agujetas y se les dota sólo de sandalias. Hoy el pronóstico es que la temperatura mínima llegará a dos grados centígrados.
Electo por vez primera en 1992, Arpaio ha hecho del combate a la migración ilegal su principal bandera política. Correspondientemente, en Ciudad Lona la rutina es dura en extremo para los indocumentados, a quienes el sheriff decidió regalar una estancia ácidamente inolvidable.
Durante el día se inunda a los reos originarios de Sinaloa, Sonora, Oaxaca, Guerrero y Veracruz —en la mayoría de casos— con música patriótica utilizando para ello los altoparlantes. Los cigarrillos, la masturbación y la pornografía están prohibidos.
Más extravagante aún es el hecho de que los presos tengan que usar calzoncillos rosas. “Mira qué putos están mis calzones, man”, dice Martín, un sinaloense que lleva seis meses en la cárcel de Arpaio por haber falsificado un número de seguridad social y será deportado al cumplir su sentencia.
La cromática decisión, según el Departamento de Policía de Maricopa, obedece a que el color rosa es más fácil de rastrear que el blanco en caso de una fuga.
Aunque oficialmente Ciudad Lona es definida como una cárcel de mínima seguridad, hay quienes no soportan condiciones como éstas; se rompen después de algunas semanas en el clima desértico y prefieren arriesgarlo todo para irse.
“Hay escapes de vez en cuando. Un mexicano huyó hace poco. Sólo le faltaban dos días para ser deportado y prefirió escapar. Lo capturamos en cinco horas y ahora está preso por un delito grave; se fue, creo, cinco años a una prisión estatal”, dice Ortiz.
Precisamente el consulado de México en Phoenix recibió quejas de mexicanos que no soportan la vida espartana, casi militarizada, de Arpaio.
“Hay personas que nos manifiestan inconformidad por las condiciones de reclusión, como problemas de salud asociados a las condiciones climáticas severas que se viven en el verano”, admitió Alfonso Navarro Bernachi, cónsul de México en Phoenix.
Y es que la temperatura ha llegado hasta 55 grados en el interior de las tiendas. Pero una frase, recogida por un reportero local, sintetiza parte de la personalidad de Arpaio, su orgullo en torno a Ciudad Lona y su convicción de que ciertas incomodidades deben venir con el paquete. Confrontado por un mexicano que se quejó de las elevadas temperaturas en las tiendas, el sheriff gritó: “¡Cállate! ¡Nuestros soldados en Irak duermen en peores condiciones!”
El 9 de febrero de 2009 Phoenix vio un desfile como nunca antes. Fue el día en que Arpaio ordenó que 200 mexicanos esposados de manos y encadenados de pies marcharan por las calles de la ciudad para dirigirse al que desde entonces es su hogar.
Iban vestidos con uniformes a rayas negras y blancas, como en una película de los años 30. Se les dio el “honor” de inaugurar el área para migrantes de Ciudad Lona, definida por el sheriff como una “solución” a los problemas de sobrepoblación de su cárcel.
Una cerca eléctrica rodea el complejo para evitar fugas. “Estos criminales, estos ilegales son más hábiles para escapar que los criminales comunes. Pero ésta es una reja que no querrán escalar. Les daría una sorpresa”, ironizó el sheriff ese día.
El zumbido de los generadores eléctricos se escucha día y noche.
Quienes están aquí recluidos cayeron por distintas razones. Muchos por delitos menores, como infracciones de tránsito que dieron la excusa a los alguaciles de Arpaio para verificar su estatus migratorio como parte de un programa de colaboración con el gobierno de Estados Unidos, conocido como 287 (g), el cual permite a la policía de Maricopa involucrarse en labores de inmigración.
Lo cierto es que para la población de indocumentados que está en dicha prisión la deportación puede significar algo nimio. Por algo tan ordinario como manejar a exceso de velocidad, Orlando Pérez López, originario de Azcapotzalco, Distrito Federal,y con 13 años de vida indocumentada en Estados Unidos, lleva ya seis meses como prisionero de Ciudad Lona.
Será deportado esta semana.
Sentado sobre un camastro que hace las veces de clóset, archivo y dispensario médico, Pérez López llora cuando admite que su vida en el norte ha terminado, especialmente porque su familia, sus dos hijas y un nieto deberán quedarse de este lado mientras el regresa al sur, imposibilitado de regresar legalmente a Estados Unidos por 10 años.
Se cubre el rostro con una toalla.
“De alguna forma vamos a salir adelante. Estoy orgulloso. Sheriff: no vine a robar, aunque quieran hacerme sentir eso. Vine a trabajar. A sacar mi familia adelante”, dice al tiempo que muestra una fotografía de su nieto, un niño que por nacimiento es estadunidense.
Nació, de todas las fechas posibles, el 4 de julio pasado.